¿Cómo es que todo esto comenzó?
Me refiero no al asunto del descubrimiento de las múltiples personalidades (esa será una cuestión a tratar -si es que así se da- por él, supongo) sino a mi iniciación como usuario de la Cannabis Sativa.
¿Cuál fue la Génesis de mi afición?
En principio habría que hablar acerca del contexto tanto familiar como escolar en el cual yo me formé en la niñez y adolescencia.
Por parte de mi familia, provenientes padre y madre de un sistema de crianza tradicional-limeño-católico, se me machacó en la cabeza que el uso de las drogas (en general se referían a las drogas, y no a alguna en específico) era un pecado y que aquellos que la usaban acababan, pues, muy mal, es decir en el mismísimo Infernvs. Y cada vez que de puro curioso intentaba averiguar acerca del por qué exactamente las drogas eran pecaminosas y qué era exactamente lo que causaban pues ni padre, ni madre (ni tíos, ni tías, ni abuelos, ni abuelas, ni primos, ni primas) sabían qué responderme con exactitud o no querían responderme lo que sabían y siempre demostraban una notoria incomodidad, supongo que más que por ignorancia o porque algo sabían que no querían que yo supiese por el hecho de no saber cómo tocar un asunto tan espinoso con un niño de entre siete a once años (traspasado ese umbral dejé de causar incomodidad a mis parientes con mis incomodantes preguntelas). Pero también me dio la impresión de que esa incomodidad tenía su origen en que algunos de los miembros de mi respetable familia se sentían en falta. Bueno, familia es familia, y cuando uno es niño papá es un héroe (aunque no se sepa todas las respuestas) y a mamá hay que hacerle caso pues fue quien te llevó dentro de las entrañas y te dio a luz con un dolor espantoso y yadda-yadda-yadda; en cuanto a los demás miembros de mi entorno familiar interrogados que manifestaron incomodidad ante mis preguntas (alguna de ellas fue "Y tú, tía, ¿alguna vez probaste un piticlín?") pues niño es niño pero no estúpido, así que pasaron a formar parte de una extensa lista de familiares sospechosos de actividades subversivas en contra de la cristiandad.
En cuanto a la influencia de la formación escolar esta fue brutal e inmisericorde con respecto a los bajos mundos de la adicción a las drogas.
Estuve en el colegio Recoleta... no era en esa época el más medieval de los colegios católicos pero como que patinaba por esos lados. Con decirles que una vez uno de los Guardianes de la Fe, el padre Marcos, nos tildó a los chicos de maricones y a las chicas de putas por jugar durante un paseo escolar a la botella borracha (con sus french kisses de por medio). Ya se pueden hacer una idea de lo arcaico del pensamiento proteccionista de los encargados (religiosos) del colegio en el que estuve. Y si esos religiosos pensaban que por darse unos inocentes besitos (aunque la verdad algunos de esos besos no fueron nada inocentes) debíamos merecer el calificativo de putas (¿...?) o maricones (¿!...!?) los calificativos para aquellos alumnos sospechosos siquiera de tener algo entre manos con las drogas pues se los dejo a su imaginación (y por supuesto que irremediablemente también se los condenaba al Avernvs). De más está decir que en secundaria, y periódicamente, nos machacaban en la cabeza la naturaleza de Pecado Mortal que tenía fumarse un tronchito o aspirar algo de cocaína o alguna actividad por el estilo ofensiva a los ojos de Papá Lindo, machaque cerebral que la gran mayoría de veces era llevada a cabo por el religioso o religiosa de turno de la clase de religión (mejor dicho la clase de catecismo católico y no un curso de religión propiamente dicho) y en menor medida por algún profesor o por el tutor de turno.
A la luz de los años puedo decir que ese método fue del todo fallido. Y no me refiero por lo que yo haría muchos años después sino a la recatafila de compañeritos y compañeritas que ni bien salieron del cole y se liberaron de esa absurda imposición de preculpabilidad católica dieron su primera fumada o su primera aspirada... sin tomar en cuenta a la otra recatafila que lo había hecho estando en edad escolar y a quienes francamente todo lo dicho sobre el uso de sustancias alteradoras de la percepción y la respuesta condenatoria de Dios ante el uso de tales artimañas de Satanás los tenía sin cuidado. En cuanto a mí sí puedo decir que durante sus buenos años las tácticas inquisidoras de los padrecitos de mi colegio me sumieron en el más profundo temor y rogábale a Dios que me protegiese a mí, a mis hermanos, a mis padres, a mis familiares, a mis mascotas y a todo el mundo de estar libres del azote de las drogas malditas (leer nota 1 al final del texto).
Hasta que tuve una epifanía.
En el esquema antidrogas que a fuego divino me quisieron (y pudieron hasta cierta edad) meter en la cabeza se consideraba que las drogas, al ser elementos pecaminosos provenientes directamente de las entrañas del mismísimo Demonio, eran las responsables de convertir a los buenos cristianos bautizados en gente mala y despreciable (todos los demás seres humanos no bautizados no entraban en el juego al no estar bautizados en La Fe, así que por defecto ya eran malos... pero ese es otro tema). Estúpidamente le echaban la culpa de los males que sufrían esos buenos cristianos a las drogas en si, como si estas tuviesen la voluntad suficiente y necesaria para convertir a esos pobres buenos cristianos en drogadictos. Un absurdo total, por supuesto, pero les aseguro que nosotros nos la creíamos. Una vez que el buen cristiano en cuestión, y por las artimañas de Belcebú, era absorbido por este mundo de drogadictiva perdición dejaba de ser un buen cristiano. Y no solamente dejaba de ser un buen cristiano sino que también se convertía en una persona malvada, indigna, traicionera, capaz de hacerte cualquier cosa con tal de satisfacer su vicio y de esa manera rendirle culto a las Tinieblas. Capaz de traicionar, capaz de robar... capaz de matarte. Claro, lo que los bien intencionados (lo digo en serio) padrecitos y profesores querían hacer era protegernos (aunque sus formas demostraron que a la larga no eran para nada efectivas). Por lo tanto los temerosos como yo no podían hacer otra cosa que salir corriendo como si hubieras visto al Diablo en persona si es que por ahí te topabas con un fumón... y en el fondo y para lo que nos enseñaban tanto el Señor Diablo como el Señor Fumón eran lo mismo.
Esta suerte de equivecada identificación se tergiversó de una manera por completo grotesca: resultó entonces que aquellos alumnos problemáticos del cole, es decir los que por diversas razones tenían constantes observaciones de conducta y cuyo rendimiento escolar no era para nada destacable, de alguna forma (así lo entendimos y aceptamos, amén) fueron a caer al saco de los cristianos condenados por siempre jamás, e inevitablemente acabaron siendo relacionados con el mundo de... ¡las drogas! A esos alumnos problema los veiamos como los gángsters del colegio. No eran muchos, eran un muy pequeño porcentaje del alumnado, siempre estaban controlados y en muchas ocasiones sus padres tenían que recogerlos del colegio antes de acabar las clases por alguna que otra razón. Y, claro, como los relacionábamos con lo negativo e indirectamente con las drogas pues muchos de nosostros les teníamos miedo, traducido en cobarde respeto. Por supuesto que nadie se metía con ellos, no señor, había que guardar las distancias, y estábamos más que advertidos por los profesores de no seguir sus malos (malignos y demoníacos) ejemplos de mal vivir.
Y entonces, un día, sucedió la epifanía.
Pasó cuando yo estaba en primer año de secundaria. Tenía 12 años. Mi vida era la de cualquier católico normal: a salvo de los fuegos del Infierno siempre y cuando no pecara. Y para evitar la condenación eterna siempre me alejaba de las conductas pecaminosas y, por supuesto, de las malas compañías. Por lo que al darme de narices con los representantes del Príncipe de las Tinieblas en el colegio Recoleta lo primero que hice, antes de caer al suelo, fue pedirle ayuda a Dios Todopoderoso para que me librase del Maligno y lo segundo fue apretar bien duro (no sé cómo hice eso) los esfínteres para evitar una vergonzosa descarga líquida o una vergonzosa descarga sólida o una más que vergonzosa descarga mezclada de ambos tipos de descarga.
Estaba frente a Los Tres.
Los Tres eran los chicos (más que) malos de segundo de secundaria. Su fama era verdaderamente terrible. Sus libretas de notas brillaban por los abundantes rojos. Sus robos de comida a los incautos eran temidas por todos. Sus incursiones nunca probadas al kiosko del patio de segundo año eran legendarias. Sus enfrentamientos (rumoreados) con la autoridad escolar podían llenar volúmenes enteros. Su conducta abusadora y malandrinesca era mejor ni pensarla. Y por cierto que al estar relacionados, "necesariamente", con las drogas eran, por supuesto, cristianos perdidos, eran malos cristianos, eran fumones (y creo que también se dijo de ellos que eran traficantes).
Y allí estaba yo, un escolar católico por completo ingenuo y temeroso de Dios que al dar alegremente la vuelta a la esquina saliendo del colegio se tropieza con Los Tres y cae de espaldas a la vereda. Supongo que mi cara debe de haber sido de absoluto terror. Ellos asumieron la postura de matones que los caracterizaba y me miraron como a un cordero a punto de ser sacrificado. Supuse que a pesar de haber pedido la Protección Divina no me iba a librar de una buena paliza pues al tropezarme con ellos había causado que la caja de cigarrillos que uno de Los Tres tenía en la mano cayera al suelo desparramando parte del contenido. Es decir que estaba más que condenado.
-¡Hey, Rivera, guarda por dónde caminas!
La mano en puño cerrado de uno de ellos se dirigió hacia mi a una velocidad imposible de determinar. Le pedí a Dios que me diera la fuerza de los mártires para resistir el castigo que estaba a punto de recibir de esas criaturas adoradoras de la perdición, me entregué (apretando bien las cañerías pues si iba a morir por lo menos lo iba a hacer con dignidad) a la Voluntad del Padre y cerré los ojos. Entonces todo el dolor que supuse la paliza me iba a ocasionar fue opacado por la grácil fuerza de los ángeles que me levantaron del suelo y me pusieron en pie mientras que, aún con los ojos cerrados, me preguntaba qué me esperaba en el Cielo (y claro que iba a irme derechito al Cielo, ¿a dónde si no?).
-Oe, ¿qué te pasa?
No eran muy corteses los ángeles hablándome de esa manera.
-Abre los ojos... ¿te has golpeado en la cabeza?
Ahora eran más corteses, de hecho se les escuchaba preocupados.
-Ya, Rivera, sin bromas, ¿te pasa algo?
Eso, definitivamente, no era un ángel.
¡Era uno de ellos, uno de Los Tres, uno de esos cristianos perdidos me estaba hablando!
De hecho él, Mario, era el que me había levantado y puesto en pie.
¡¡¡paz!!!
-¡Au, hey, qué te pasa! -exclamé cuando acusé el golpe de la mano de Mario en mi frente... y de inmediato me puse a temblar por el atrevimiento de alzarle la voz a uno de Los Tres.
-Bueno, no tienes nada en la cabeza.
Javier estaba a mi lado observándome con ojos de... ¿de qué?
-Ya no seas marica -me dio un leve empujón y caminó hacia Orlando -, pero ten cuidado por donde pasas, un poco más y te golpeabas con eso.
Javier señaló una piedra algo grande y puntiaguda justo al lado de donde yo había caído. Unos centímetros más y una herida de considerable profundidad se habría hecho en mi espalda.
Orlando estaba recogiendo los cigarrillos caídos. Mario se agachó para ayudarlo...
Un momento, ¿qué estaba pasando allí? ¿Cómo era posible que aún siguiera intacto? Debía tratarse de una broma cruel. Yo esperaba a que Los Tres dieran por concluída esa farsa y me atacaran sin misericordia. Pero eso no sucedió. Cuando terminaron de recoger los cigarros me miraron, yo los miré, estuvimos en silencio varios segundos, sin movernos siquiera, observándonos. ¿Qué demonios estaba pasando con esos chicos buscapleitos dispuestos a partirle la crisma a cualquiera que simplemente no le cayese bien?
Javier se me acercó. Era el fin.
-Eh... oye, vamos por ahí a fumar, ¿nos acompañas?
¿...?
¡¡¡Eso ya era demasiado!!!
-Sí.
Fue mi única respuesta. Fue un reflejo automático. En un tono impersonal. En voz baja. Temeroso. Incrédulo. Ellos la escucharon, se miraron entre si y empezaron a andar y yo, confuso hasta más no poder, los seguí.
¿Dónde estaban los monstruos adolescentes infernales? Tal vez más adelante, en un oscuro parque, toda su maldad se iba a manifestar ante mí y sería víctima de mi propia estupidez al haber sido seducido con tanta facilidad por las dulces pero falsas voces de Los Tres.
Ya se imaginaran que tal cosa no sucedió.
¿Y qué diantres estaba haciendo yo siguiéndolos a no sabía dónde era que Los Tres iban para fumar cigarrillos?
Dada mi condición de joven católico pisoteado desde el nacimiento por una religión culposa cuya deidad superior te premiaba o castigaba (premios o castigos extremos con la gracia del punto medio del Purgatorio, pero solo para católicos confesos) según tus actos en la Tierra, el que yo estuviera acompañando a esa sarta de malandrines no tenía lógica alguna. Dado mi encajonado esquema acerca de lo que debía ser el correcto comportamiento de un católico bautizado, confesado y futuramente confirmado lo lógico habría sido que hubiese salido huyendo de allí en medio de Padres Nuestros y Aves Marías. Pero no fue así. ¿Por qué? La sencilla respuesta está relacionada con una cualidad mía: la curiosidad.
El que esos tres demonios de repente se comportasen como cualquier chico normal del colegio y que no la hubieran emprendido a golpes y patadas contra mi humanidad por haber ocasionado que sus cigarros cayesen al suelo hizo que se disparasen todas las alertas y que el botón luminoso que decía ¡¡¡INVESTIGAR!!! en el panel de control de mi raciocinio destellase con una intensidad superior a lo normal. Algo no estaba bien allí, algo estaba fuera del "orden (católico) natural de las cosas" programado en mi cabeza. El asunto no encajaba. Y entonces impulsada por la continua alerta que seguía gritando ¡¡¡INVESTIGAR!!!, alerta activada a su vez por mi incontrolable curiosidad (defecto o virtud, hasta ahora no lo sé, que me ha causado tanto grandes satisfacciones como innecesarios problemas), mi conducta se desvió 180 grados y fui detrás de esas "ovejas descarriadas".
No la voy a hacer larga y, como lo escribí antes, no recibí paliza alguna.
Lo que recibí fue una epifanía.
Lo que recibí fue una importante lección de vida que moldearía mi comportamiento para siempre y cuyas enseñanzas aplico hasta el día de hoy.
Una venda se caería de mis ojos y me daría cuenta del gran engaño en el que entramos sin casi posibilidad de retorno cuando nos creemos a pie juntillas y sin poner en duda todo lo que nos dicen aquellos a los cuales atribuímos una sabiduría mayor a la nuestra: Los Tres, Mario, Orlando y Javier, eran tres tipos como cualquiera, como yo, tres chicos que fuera de su fama medio ficticia de enfants terribles no eran ni mejores ni peores que el resto de los otros estudiantes de mi año. Claro que tenían pésimas notas, claro que eventualmente se portaban de manera inadecuada en el patio con alguno que otro, claro que tenían la tendencia a hacer travesuras algo subidas de tono. Pero no eran unos montruos demoníacos, no eran cristianos descarriados, no eran malos cristianos. Eran simples y sencillos seres humanos con cierta mala suerte en su vida familiar que de alguna manera determinaba su comportamiento y con más mala suerte aún para ser tachados por profesores, sacerdotes y alumnos (incluyéndome) como personas no gratas (además de todos los adjetivos relacionados con el satanismo habidos y por haber) y, por añadidura, personajes envueltos por la adicción a las drogas, fumones sin remedio cuya sola existencia era una vergüenza para la sacra institución en la que estudiaban.
Fumones...
Nada más alejado de la verdad.
Los conocí muy bien, a los tres, y durante el tiempo que permanecieron en el colegio, ya que eventualmente lo abandonaron por sus malas notas (y no por mala conducta) fuimos amigos y tuvimos cientos de correrías que tal vez un día me anime a narrar.
Más allá de fumar cigarrillos de cuando en vez estos muchachos no habían llegado a mayores. Ni siquiera, por lo menos así me lo aseguraron, habían tomado más allá de medio vaso de cerveza o una copa de vino. Se sentían unidos por pertenecer a hogares disfuncionales (dos divorcios y un abandono de hogar por parte de la madre), pensaban que el colegio era una pérdida de tiempo, les encantaba divertirse en vez de estudiar y una de sus formas favoritas de pasar el rato era la lectura. Increíble: esos hijastros de Satanás eran más entendidos (así me lo demostraron) que todos los profesores de literatura que tuve en mi época escolar (exepto por el gran Sergio Ángeles). Y como a mí me daba también por la lectura de más está decir que se generó una gran empatía entre los cuatro. Me confesaron que eran conscientes de la fama que tenían, incluso sabían que les creían fumones de hierba y aspiradores de cocaina, pero admitían que eso les tenía sin cuidado y que tal imagen hasta cierto punto les parecía ventajosa ya que muchas veces los almuerzos y las golosinas les salían gratis.
Buenos muchachos, y punto.
Y no, nunca nos convertimos en Los Cuatro. Aunque no me hubiera disgustado serlo.
Fue entonces, mientras más los conocía y mientras más tiempo paraba con ellos, que mi epifanía, al quitarme del rostro esa venda de la cual ya hablé, comenzó a resquebrajar la base sobre la que muchas cosas estaban dadas por ciertas. Las mentiras (intencionadas o no) en las cuales estaba basada buena parte de mi conocimiento y apreciación general de los seres humanos, del mundo y de la existencia se vinieron abajo y se hicieron añicos. No todos son lo que aparentan ser, por lo tanto no todo es lo que parece ser... pero más importante aún: no todo lo que nos dicen, no todo lo que nos enseñan, así venga de boca del Premio Nobel de los Premios Nobel, necesariamente es VERDAD. Y en ese momento se me hizo claro que no había nada más alejado de la Verdad que la absurda concepción católica del comportamiento humano y de cómo este debía ser juzgado según ese mismo catolicismo y su deidad regente para recibir el mercido premio o castigo. Fue la primera crisis existencial que tuve en mi vida. Y fue el detonante para que años después abandonara una religión por completo hipócrita y alejada del mensaje del hombre que la inspiró (leer nota 2 al final del texto).
¿Que qué tiene que ver todo esto con mi gusto por la marihuana?
Es muy simple. Al darme cuenta de que el tinglado de normas y reglas catosociópatas enquistadas en mi mente había perdido sus endebles cimientos pues con toda lógica puse absolutamente todo en duda. Bueno, no todo-todo, pero sí aquello que estaba relacionado con la religión, los gobiernos, la sociedad, la historia, mi poca noción de la política y cosas por el estilo.
Por lo tanto el camino hasta cierta pregunta se iba a recorrer sí o sí.
A ver: si mis Ilustres Guardianes de la Fe y de las Normas Sociales no hubiesen satanizado tanto a Los Tres tildándolos además de fumones... otra hubiera sido la historia (o la histeria, eso aún no puedo saberlo). Una pseudofórmula meta-mática cavernícola lo puede explicar así:
chicomalo SER chicobueno STONCES ¿"cosamala" SER "cosamala"? SI "cosamala" NO SER "cosamala" STONCES ¿"cosamala" ser "cosabuena"?
Al aplicarse esta pseudofórmula meta-mática cavernícola prácticamente a cualquier cosa la inevitable pregunta resultante fue: ¿las drogas SER "cosamala"?
Esta pregunta no tuvo una respuesta inmediata. Se respondió a medias e hibernaría durante muchos años hasta que la semilla en la que reposaba se quebró. Pero su Génesis particular se produjo gracias a ese día en el que me tropecé con Los Tres y me di cuenta de la ceguera en la que me habían hundido sobre algunos asuntos en esta Tierra.
Y la pregunta permaneció en silencio todo el tiempo que fue necesario hasta que empezó a germinar.
¿Cuál fue la Génesis de mi afición?
En principio habría que hablar acerca del contexto tanto familiar como escolar en el cual yo me formé en la niñez y adolescencia.
Por parte de mi familia, provenientes padre y madre de un sistema de crianza tradicional-limeño-católico, se me machacó en la cabeza que el uso de las drogas (en general se referían a las drogas, y no a alguna en específico) era un pecado y que aquellos que la usaban acababan, pues, muy mal, es decir en el mismísimo Infernvs. Y cada vez que de puro curioso intentaba averiguar acerca del por qué exactamente las drogas eran pecaminosas y qué era exactamente lo que causaban pues ni padre, ni madre (ni tíos, ni tías, ni abuelos, ni abuelas, ni primos, ni primas) sabían qué responderme con exactitud o no querían responderme lo que sabían y siempre demostraban una notoria incomodidad, supongo que más que por ignorancia o porque algo sabían que no querían que yo supiese por el hecho de no saber cómo tocar un asunto tan espinoso con un niño de entre siete a once años (traspasado ese umbral dejé de causar incomodidad a mis parientes con mis incomodantes preguntelas). Pero también me dio la impresión de que esa incomodidad tenía su origen en que algunos de los miembros de mi respetable familia se sentían en falta. Bueno, familia es familia, y cuando uno es niño papá es un héroe (aunque no se sepa todas las respuestas) y a mamá hay que hacerle caso pues fue quien te llevó dentro de las entrañas y te dio a luz con un dolor espantoso y yadda-yadda-yadda; en cuanto a los demás miembros de mi entorno familiar interrogados que manifestaron incomodidad ante mis preguntas (alguna de ellas fue "Y tú, tía, ¿alguna vez probaste un piticlín?") pues niño es niño pero no estúpido, así que pasaron a formar parte de una extensa lista de familiares sospechosos de actividades subversivas en contra de la cristiandad.
En cuanto a la influencia de la formación escolar esta fue brutal e inmisericorde con respecto a los bajos mundos de la adicción a las drogas.
Estuve en el colegio Recoleta... no era en esa época el más medieval de los colegios católicos pero como que patinaba por esos lados. Con decirles que una vez uno de los Guardianes de la Fe, el padre Marcos, nos tildó a los chicos de maricones y a las chicas de putas por jugar durante un paseo escolar a la botella borracha (con sus french kisses de por medio). Ya se pueden hacer una idea de lo arcaico del pensamiento proteccionista de los encargados (religiosos) del colegio en el que estuve. Y si esos religiosos pensaban que por darse unos inocentes besitos (aunque la verdad algunos de esos besos no fueron nada inocentes) debíamos merecer el calificativo de putas (¿...?) o maricones (¿!...!?) los calificativos para aquellos alumnos sospechosos siquiera de tener algo entre manos con las drogas pues se los dejo a su imaginación (y por supuesto que irremediablemente también se los condenaba al Avernvs). De más está decir que en secundaria, y periódicamente, nos machacaban en la cabeza la naturaleza de Pecado Mortal que tenía fumarse un tronchito o aspirar algo de cocaína o alguna actividad por el estilo ofensiva a los ojos de Papá Lindo, machaque cerebral que la gran mayoría de veces era llevada a cabo por el religioso o religiosa de turno de la clase de religión (mejor dicho la clase de catecismo católico y no un curso de religión propiamente dicho) y en menor medida por algún profesor o por el tutor de turno.
A la luz de los años puedo decir que ese método fue del todo fallido. Y no me refiero por lo que yo haría muchos años después sino a la recatafila de compañeritos y compañeritas que ni bien salieron del cole y se liberaron de esa absurda imposición de preculpabilidad católica dieron su primera fumada o su primera aspirada... sin tomar en cuenta a la otra recatafila que lo había hecho estando en edad escolar y a quienes francamente todo lo dicho sobre el uso de sustancias alteradoras de la percepción y la respuesta condenatoria de Dios ante el uso de tales artimañas de Satanás los tenía sin cuidado. En cuanto a mí sí puedo decir que durante sus buenos años las tácticas inquisidoras de los padrecitos de mi colegio me sumieron en el más profundo temor y rogábale a Dios que me protegiese a mí, a mis hermanos, a mis padres, a mis familiares, a mis mascotas y a todo el mundo de estar libres del azote de las drogas malditas (leer nota 1 al final del texto).Hasta que tuve una epifanía.
En el esquema antidrogas que a fuego divino me quisieron (y pudieron hasta cierta edad) meter en la cabeza se consideraba que las drogas, al ser elementos pecaminosos provenientes directamente de las entrañas del mismísimo Demonio, eran las responsables de convertir a los buenos cristianos bautizados en gente mala y despreciable (todos los demás seres humanos no bautizados no entraban en el juego al no estar bautizados en La Fe, así que por defecto ya eran malos... pero ese es otro tema). Estúpidamente le echaban la culpa de los males que sufrían esos buenos cristianos a las drogas en si, como si estas tuviesen la voluntad suficiente y necesaria para convertir a esos pobres buenos cristianos en drogadictos. Un absurdo total, por supuesto, pero les aseguro que nosotros nos la creíamos. Una vez que el buen cristiano en cuestión, y por las artimañas de Belcebú, era absorbido por este mundo de drogadictiva perdición dejaba de ser un buen cristiano. Y no solamente dejaba de ser un buen cristiano sino que también se convertía en una persona malvada, indigna, traicionera, capaz de hacerte cualquier cosa con tal de satisfacer su vicio y de esa manera rendirle culto a las Tinieblas. Capaz de traicionar, capaz de robar... capaz de matarte. Claro, lo que los bien intencionados (lo digo en serio) padrecitos y profesores querían hacer era protegernos (aunque sus formas demostraron que a la larga no eran para nada efectivas). Por lo tanto los temerosos como yo no podían hacer otra cosa que salir corriendo como si hubieras visto al Diablo en persona si es que por ahí te topabas con un fumón... y en el fondo y para lo que nos enseñaban tanto el Señor Diablo como el Señor Fumón eran lo mismo.
Esta suerte de equivecada identificación se tergiversó de una manera por completo grotesca: resultó entonces que aquellos alumnos problemáticos del cole, es decir los que por diversas razones tenían constantes observaciones de conducta y cuyo rendimiento escolar no era para nada destacable, de alguna forma (así lo entendimos y aceptamos, amén) fueron a caer al saco de los cristianos condenados por siempre jamás, e inevitablemente acabaron siendo relacionados con el mundo de... ¡las drogas! A esos alumnos problema los veiamos como los gángsters del colegio. No eran muchos, eran un muy pequeño porcentaje del alumnado, siempre estaban controlados y en muchas ocasiones sus padres tenían que recogerlos del colegio antes de acabar las clases por alguna que otra razón. Y, claro, como los relacionábamos con lo negativo e indirectamente con las drogas pues muchos de nosostros les teníamos miedo, traducido en cobarde respeto. Por supuesto que nadie se metía con ellos, no señor, había que guardar las distancias, y estábamos más que advertidos por los profesores de no seguir sus malos (malignos y demoníacos) ejemplos de mal vivir.
Y entonces, un día, sucedió la epifanía.
Pasó cuando yo estaba en primer año de secundaria. Tenía 12 años. Mi vida era la de cualquier católico normal: a salvo de los fuegos del Infierno siempre y cuando no pecara. Y para evitar la condenación eterna siempre me alejaba de las conductas pecaminosas y, por supuesto, de las malas compañías. Por lo que al darme de narices con los representantes del Príncipe de las Tinieblas en el colegio Recoleta lo primero que hice, antes de caer al suelo, fue pedirle ayuda a Dios Todopoderoso para que me librase del Maligno y lo segundo fue apretar bien duro (no sé cómo hice eso) los esfínteres para evitar una vergonzosa descarga líquida o una vergonzosa descarga sólida o una más que vergonzosa descarga mezclada de ambos tipos de descarga.
Estaba frente a Los Tres.
Los Tres eran los chicos (más que) malos de segundo de secundaria. Su fama era verdaderamente terrible. Sus libretas de notas brillaban por los abundantes rojos. Sus robos de comida a los incautos eran temidas por todos. Sus incursiones nunca probadas al kiosko del patio de segundo año eran legendarias. Sus enfrentamientos (rumoreados) con la autoridad escolar podían llenar volúmenes enteros. Su conducta abusadora y malandrinesca era mejor ni pensarla. Y por cierto que al estar relacionados, "necesariamente", con las drogas eran, por supuesto, cristianos perdidos, eran malos cristianos, eran fumones (y creo que también se dijo de ellos que eran traficantes).Y allí estaba yo, un escolar católico por completo ingenuo y temeroso de Dios que al dar alegremente la vuelta a la esquina saliendo del colegio se tropieza con Los Tres y cae de espaldas a la vereda. Supongo que mi cara debe de haber sido de absoluto terror. Ellos asumieron la postura de matones que los caracterizaba y me miraron como a un cordero a punto de ser sacrificado. Supuse que a pesar de haber pedido la Protección Divina no me iba a librar de una buena paliza pues al tropezarme con ellos había causado que la caja de cigarrillos que uno de Los Tres tenía en la mano cayera al suelo desparramando parte del contenido. Es decir que estaba más que condenado.
-¡Hey, Rivera, guarda por dónde caminas!
La mano en puño cerrado de uno de ellos se dirigió hacia mi a una velocidad imposible de determinar. Le pedí a Dios que me diera la fuerza de los mártires para resistir el castigo que estaba a punto de recibir de esas criaturas adoradoras de la perdición, me entregué (apretando bien las cañerías pues si iba a morir por lo menos lo iba a hacer con dignidad) a la Voluntad del Padre y cerré los ojos. Entonces todo el dolor que supuse la paliza me iba a ocasionar fue opacado por la grácil fuerza de los ángeles que me levantaron del suelo y me pusieron en pie mientras que, aún con los ojos cerrados, me preguntaba qué me esperaba en el Cielo (y claro que iba a irme derechito al Cielo, ¿a dónde si no?).
-Oe, ¿qué te pasa?
No eran muy corteses los ángeles hablándome de esa manera.
-Abre los ojos... ¿te has golpeado en la cabeza?
Ahora eran más corteses, de hecho se les escuchaba preocupados.
-Ya, Rivera, sin bromas, ¿te pasa algo?
Eso, definitivamente, no era un ángel.
¡Era uno de ellos, uno de Los Tres, uno de esos cristianos perdidos me estaba hablando!
De hecho él, Mario, era el que me había levantado y puesto en pie.
¡¡¡paz!!!
-¡Au, hey, qué te pasa! -exclamé cuando acusé el golpe de la mano de Mario en mi frente... y de inmediato me puse a temblar por el atrevimiento de alzarle la voz a uno de Los Tres.
-Bueno, no tienes nada en la cabeza.
Javier estaba a mi lado observándome con ojos de... ¿de qué?
-Ya no seas marica -me dio un leve empujón y caminó hacia Orlando -, pero ten cuidado por donde pasas, un poco más y te golpeabas con eso.
Javier señaló una piedra algo grande y puntiaguda justo al lado de donde yo había caído. Unos centímetros más y una herida de considerable profundidad se habría hecho en mi espalda.
Orlando estaba recogiendo los cigarrillos caídos. Mario se agachó para ayudarlo...
Un momento, ¿qué estaba pasando allí? ¿Cómo era posible que aún siguiera intacto? Debía tratarse de una broma cruel. Yo esperaba a que Los Tres dieran por concluída esa farsa y me atacaran sin misericordia. Pero eso no sucedió. Cuando terminaron de recoger los cigarros me miraron, yo los miré, estuvimos en silencio varios segundos, sin movernos siquiera, observándonos. ¿Qué demonios estaba pasando con esos chicos buscapleitos dispuestos a partirle la crisma a cualquiera que simplemente no le cayese bien?
Javier se me acercó. Era el fin.
-Eh... oye, vamos por ahí a fumar, ¿nos acompañas?
¿...?
¡¡¡Eso ya era demasiado!!!
-Sí.
Fue mi única respuesta. Fue un reflejo automático. En un tono impersonal. En voz baja. Temeroso. Incrédulo. Ellos la escucharon, se miraron entre si y empezaron a andar y yo, confuso hasta más no poder, los seguí.
¿Dónde estaban los monstruos adolescentes infernales? Tal vez más adelante, en un oscuro parque, toda su maldad se iba a manifestar ante mí y sería víctima de mi propia estupidez al haber sido seducido con tanta facilidad por las dulces pero falsas voces de Los Tres.
Ya se imaginaran que tal cosa no sucedió.
¿Y qué diantres estaba haciendo yo siguiéndolos a no sabía dónde era que Los Tres iban para fumar cigarrillos?
Dada mi condición de joven católico pisoteado desde el nacimiento por una religión culposa cuya deidad superior te premiaba o castigaba (premios o castigos extremos con la gracia del punto medio del Purgatorio, pero solo para católicos confesos) según tus actos en la Tierra, el que yo estuviera acompañando a esa sarta de malandrines no tenía lógica alguna. Dado mi encajonado esquema acerca de lo que debía ser el correcto comportamiento de un católico bautizado, confesado y futuramente confirmado lo lógico habría sido que hubiese salido huyendo de allí en medio de Padres Nuestros y Aves Marías. Pero no fue así. ¿Por qué? La sencilla respuesta está relacionada con una cualidad mía: la curiosidad.
El que esos tres demonios de repente se comportasen como cualquier chico normal del colegio y que no la hubieran emprendido a golpes y patadas contra mi humanidad por haber ocasionado que sus cigarros cayesen al suelo hizo que se disparasen todas las alertas y que el botón luminoso que decía ¡¡¡INVESTIGAR!!! en el panel de control de mi raciocinio destellase con una intensidad superior a lo normal. Algo no estaba bien allí, algo estaba fuera del "orden (católico) natural de las cosas" programado en mi cabeza. El asunto no encajaba. Y entonces impulsada por la continua alerta que seguía gritando ¡¡¡INVESTIGAR!!!, alerta activada a su vez por mi incontrolable curiosidad (defecto o virtud, hasta ahora no lo sé, que me ha causado tanto grandes satisfacciones como innecesarios problemas), mi conducta se desvió 180 grados y fui detrás de esas "ovejas descarriadas".
No la voy a hacer larga y, como lo escribí antes, no recibí paliza alguna.
Lo que recibí fue una epifanía.
Lo que recibí fue una importante lección de vida que moldearía mi comportamiento para siempre y cuyas enseñanzas aplico hasta el día de hoy.
Una venda se caería de mis ojos y me daría cuenta del gran engaño en el que entramos sin casi posibilidad de retorno cuando nos creemos a pie juntillas y sin poner en duda todo lo que nos dicen aquellos a los cuales atribuímos una sabiduría mayor a la nuestra: Los Tres, Mario, Orlando y Javier, eran tres tipos como cualquiera, como yo, tres chicos que fuera de su fama medio ficticia de enfants terribles no eran ni mejores ni peores que el resto de los otros estudiantes de mi año. Claro que tenían pésimas notas, claro que eventualmente se portaban de manera inadecuada en el patio con alguno que otro, claro que tenían la tendencia a hacer travesuras algo subidas de tono. Pero no eran unos montruos demoníacos, no eran cristianos descarriados, no eran malos cristianos. Eran simples y sencillos seres humanos con cierta mala suerte en su vida familiar que de alguna manera determinaba su comportamiento y con más mala suerte aún para ser tachados por profesores, sacerdotes y alumnos (incluyéndome) como personas no gratas (además de todos los adjetivos relacionados con el satanismo habidos y por haber) y, por añadidura, personajes envueltos por la adicción a las drogas, fumones sin remedio cuya sola existencia era una vergüenza para la sacra institución en la que estudiaban.
Fumones...
Nada más alejado de la verdad.
Los conocí muy bien, a los tres, y durante el tiempo que permanecieron en el colegio, ya que eventualmente lo abandonaron por sus malas notas (y no por mala conducta) fuimos amigos y tuvimos cientos de correrías que tal vez un día me anime a narrar.
Más allá de fumar cigarrillos de cuando en vez estos muchachos no habían llegado a mayores. Ni siquiera, por lo menos así me lo aseguraron, habían tomado más allá de medio vaso de cerveza o una copa de vino. Se sentían unidos por pertenecer a hogares disfuncionales (dos divorcios y un abandono de hogar por parte de la madre), pensaban que el colegio era una pérdida de tiempo, les encantaba divertirse en vez de estudiar y una de sus formas favoritas de pasar el rato era la lectura. Increíble: esos hijastros de Satanás eran más entendidos (así me lo demostraron) que todos los profesores de literatura que tuve en mi época escolar (exepto por el gran Sergio Ángeles). Y como a mí me daba también por la lectura de más está decir que se generó una gran empatía entre los cuatro. Me confesaron que eran conscientes de la fama que tenían, incluso sabían que les creían fumones de hierba y aspiradores de cocaina, pero admitían que eso les tenía sin cuidado y que tal imagen hasta cierto punto les parecía ventajosa ya que muchas veces los almuerzos y las golosinas les salían gratis.
Buenos muchachos, y punto.
Y no, nunca nos convertimos en Los Cuatro. Aunque no me hubiera disgustado serlo.
Fue entonces, mientras más los conocía y mientras más tiempo paraba con ellos, que mi epifanía, al quitarme del rostro esa venda de la cual ya hablé, comenzó a resquebrajar la base sobre la que muchas cosas estaban dadas por ciertas. Las mentiras (intencionadas o no) en las cuales estaba basada buena parte de mi conocimiento y apreciación general de los seres humanos, del mundo y de la existencia se vinieron abajo y se hicieron añicos. No todos son lo que aparentan ser, por lo tanto no todo es lo que parece ser... pero más importante aún: no todo lo que nos dicen, no todo lo que nos enseñan, así venga de boca del Premio Nobel de los Premios Nobel, necesariamente es VERDAD. Y en ese momento se me hizo claro que no había nada más alejado de la Verdad que la absurda concepción católica del comportamiento humano y de cómo este debía ser juzgado según ese mismo catolicismo y su deidad regente para recibir el mercido premio o castigo. Fue la primera crisis existencial que tuve en mi vida. Y fue el detonante para que años después abandonara una religión por completo hipócrita y alejada del mensaje del hombre que la inspiró (leer nota 2 al final del texto).
¿Que qué tiene que ver todo esto con mi gusto por la marihuana?
Es muy simple. Al darme cuenta de que el tinglado de normas y reglas catosociópatas enquistadas en mi mente había perdido sus endebles cimientos pues con toda lógica puse absolutamente todo en duda. Bueno, no todo-todo, pero sí aquello que estaba relacionado con la religión, los gobiernos, la sociedad, la historia, mi poca noción de la política y cosas por el estilo.
Por lo tanto el camino hasta cierta pregunta se iba a recorrer sí o sí.
A ver: si mis Ilustres Guardianes de la Fe y de las Normas Sociales no hubiesen satanizado tanto a Los Tres tildándolos además de fumones... otra hubiera sido la historia (o la histeria, eso aún no puedo saberlo). Una pseudofórmula meta-mática cavernícola lo puede explicar así:
chicomalo SER chicobueno STONCES ¿"cosamala" SER "cosamala"? SI "cosamala" NO SER "cosamala" STONCES ¿"cosamala" ser "cosabuena"?
Al aplicarse esta pseudofórmula meta-mática cavernícola prácticamente a cualquier cosa la inevitable pregunta resultante fue: ¿las drogas SER "cosamala"?
Esta pregunta no tuvo una respuesta inmediata. Se respondió a medias e hibernaría durante muchos años hasta que la semilla en la que reposaba se quebró. Pero su Génesis particular se produjo gracias a ese día en el que me tropecé con Los Tres y me di cuenta de la ceguera en la que me habían hundido sobre algunos asuntos en esta Tierra.
Y la pregunta permaneció en silencio todo el tiempo que fue necesario hasta que empezó a germinar.
Continuará...
Mario fue expulsado de tres colegios religiosos y no acabó la secundaria. Se puso a trabajar con un tío como obrero en una construcción y el día de hoy es uno de los distribuidores de materiales de construcción más importante de Lima.
Orlando terminó el colegio con dos años de retraso. Tres años después de salir de las aulas escolares se ganaba la vida como mensajero. En el último trabajo que hizo como mensajero tuvo la mala suerte de entrar, para entregar un paquete, a una oficina cuya puerta estaba abierta: se encontró con una terrible escena de asesinato múltiple. La policía al no tener a quien culpar del horrendo crimen lo acusó de ser el autor del mismo. Pasó veinte años en la prisión de San Pedro hasta que se demostró su inocencia. Al salir de la cárcel puso una peluquería llamada OrlandAs´s.
Javier murió de cáncer.
1 Hago aquí una necesaria llamada de atención sobre lo absurdo de una educación religiosa acoplada a un sistema social que decide qué cosas condenar y qué cosas pasar por alto. Y es que nunca, jamás, juro que no lo recuerdo, en ningún momento a alguno de nuestros tan moralistas educadores se les ocurrió hablarnos acerca de otros temas que sí que merecían tenerlos en cuenta: el alcoholismo y el tabaquismo.
1.- Sobre el alcoholismo y sus efectos en las familias y como consecuencia en la sociedad ni papas. Crecí, hemos crecido, crecemos y -espero que no- seguiremos creciendo en una sociedad donde el consumo del alcohol como si de agua se tratase es pan de todos los días y los problemas que este consumo genera en preadolescentes, adolescentes, jóvenes y adultos es casi pasado por alto. De hecho la sociedad en la cual vivimos promueve comercialmente el consumo de las bebidas alcohólicas a diestra y siniestra, y por lo tanto eso no está mal. De niño fui testigo de como las (¡qué divertidas!) borracheras eran cosa común en reuniones familiares, ¡¡¡incluso en cumpleaños infantiles!!!, y si estas conductas eran vistas por los niños y niñas en sus propios padres eran por lo tanto aprendidas y perpetuadas cuando estos niños y niñas se hacían mayorcitos y mayorcitas y podían tomarse unas cuantas chelitas. Redondo negocio para los mercaderes de bebidas alcohólicas: mejor no hablar mal de ello, no, por favor, dejémoslo así, total, ¿a quién le puede preocupar a la larga unos cuantos borrachines por allí aún si tienen 17 o 21 años, eh? No, no hay problema, no llamemos la atención sobre el consumo desmedido e inapropiado del alcohol y ¡que sigan las ventas! De todo lo que me he metido en el cuerpo en lo que llevo de vida no ha habido algo más dañino ni con consecuencias más desagradables, bochornosas e incluso peligrosas que el licor. La cultura del "¡Hay que chupá hata morí!" tan seguida y promovida en la juventud es, lo digo ahora y a la luz de los años, un absurdo que únicamente beneficia a los fabricantes de bebidas alcohólicas. Y en el cole nadies nos habló acerca de los peligros y las consecuencias del alcohol dentro del torrente sanguíneo de nuestros cuerpos. Claro, decir eso no era para nada conveniente. Y así el colegio, nuestros padres y la sociedad, guiados por la mano de los productores de licor, formaron a los futuros consumidores-borrachines del mañana. Tuto parfeito.
2.- Sobre el tabaquismo y los daños del mismo para la salud pues lo mismo. Estos no existían. Y que nadie se atreva a decir que en esa época (estuve en el colegio desde 1977 hasta 1986) no existían estudios acerca de los efectos del tabaco en la salud de los fumadores y no fumadores. Por supuesto que existían. Pero, habilidosamente, estos rara vez se hacían públicos. ¿Qué extraño, no? Y vuelvo a los mismo: no convenía hablar mal del cigarro, mejor no ir en contra de una industria millonaria. ¿Para qué? ¿A quién le importa que unos cuantos adolescentes se enfermen o mueran en el proceso de adicción al tabaco si la enorme mayoría de ellos va a sobrevivir para seguir comprándome cigarrillos? Fumar tampoco estaba mal. De hecho muchos de nuestros profesores y profesoras fumaban en el salón de clase, frente a nosotros. Hoy en día eso es una aberración y el infractor o infractora en cuestión sería condenado sin misericordia. Hace unos treinta años el que un profe fumase en clase no era mal visto, ni siquiera si el humo era expulsado en la cara de algún alumno, impertinente o no. Y como nuestros padres tampoco se cuidaban de fumar frente a nosotros y lo hacían en todas partes y en cualquier situación el ejemplo de procreadores y educadores se grabó en nosotros garantizando que en el futuro nuestro consumo de cigarrillos procediese de un ejemplo a seguir. Et voilà, al igual que con el licor acabé (como muchos) empujándome hasta una cajetilla de rubios al día. ¡Por Dios qué tal estupidez! No tengo ni idea del daño que esa costumbre de años haya causado de forma permanente en mi cuerpo. Pero por la gracia de los ángeles que velan por nosotros un día tuve una visión reveladora de lo que me estaba haciendo mientras llenaba la cajetilla de Hamilton con los cigarrillos que se habían salido de esta: mientras iba metiendo uno por uno los cigarros en la cajetilla vi que estaba colocando unas balas en el cargador de un revólver. Santo remedio. Boté la cajetilla y los cigarros que aún tenía en la mano a la basura y dejé de fumar.
Claro que hoy las cosas son distintas, hay reglas establecidas que alertan acerca del consumo desmedido del alcohol y sobre el consumo de los cigarrillos. Las cosas son distintas, pero no tanto. Y la maquinaria hipnótica y formadora de adictos al licor y a los cigarros sigue girando con el beneplacito de la sociedad. He dicho.
(AHORA REGRESA AL TEXTO PRINCIPAL)
2 Para aquellos catolicoides que ya están rasgándose las vestiduras: el catolicismo actual lo mismo que el de muchos siglos atrás es una vergüenza y un insulto para la pobreza. La Iglesia de Roma por sobre todas las cosas y desde que se fundó solamente ha ansiado el poder y la riqueza. La Iglesia Católico Romana no fue fundada por el carpintero de Nazareth, Jesús, un hombre de origen humilde que legó un mensaje esperanzador para los seres humanos pero que en ningún momento tuvo la intención de crear una religión. El cristianismo y el catolicismo (como muchísimas otras religiones y sectas) son creaciones de los hombres, no de uno de los Hijos de Dios. A ver, católicos recalcitrantes: si tenemos en cuenta que Jesús de Nazareth fue un hombre humilde que según la Biblia (otra invención humana) vivió en estado de humildad y que dio ese ejemplo de humildad a sus seguidores, ¿a santo de qué existe el día de hoy un estado (sí, un país) llamado El Vaticano, donde se asienta el "gobierno" de la Iglesia Católica, poseedor de riquezas y capitales que por si solos podrían cubrir las necesidades de millones de personas realmente necesitadas en esta Tierra? ¿Por qué la "iglesia verdadera" no comparte esos bienes con los que realmente se lo merecen, como lo habría hecho Jesús de Nazareth, en vez de estar inflando sus arcas y sus panzas de curas violinistas? ¿Por qué esos religiosos embriagados por el dinero y el poder que este otorga no siguen del ejemplo de aquel al que atribuyen la fundación de la religión en la que arrastran sus obesas humanidades? Eso es traicionar los ideales de uno de los Hijos de Dios. Eso es ser hipócritas.
(AHORA REGRESA AL TEXTO PRINCIPAL)



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